Historia

La historia del olivo en el Bajo Aragón es muy parecida a la descrita para toda el área del Mediterráneo, dada su proximidad al mismo y su peculiar microclima similar al levantino. Se cree que sus introductores fueron los fenicios o los griegos; lo que se sabe es que su cultivo no alcanzó demasiada importancia hasta la llegada de Escipión, general romano que ocupó Hispania en el año 210 a.C.

La notoriedad del aceite del Bajo Aragón se empezó a fraguar a finales del siglo XIX coincidiendo con la pujanza comercial de Tortosa, el principal mercado de los aceites de esta zona aragonesa, donde se radicaron importantes empresas aceiteras que descubrieron sus cualidades (de hecho tenía la más alta cotización de todos los aceites españoles). Esto permitió la pujanza empresarial aceitera en Alcañiz para adquirir directamente el aceite del Bajo Aragón antes de llegar a Tortosa y evitar de este modo la fuerte competencia que allí se producía.

En la segunda mitad del siglo XX,  poblaciones Andalucía   no tenían la capacidad de molturación que existe actualmente. Su punto débil era al grado de acidez. Como tampoco había muchas refinerías, Sin embargo el aceite del Bajo Aragón tenía una salida perfecta al mercado, por su dulzura aromática. En consecuencia, era el mejor aceite para poder aderezar todos los caldos que se consumían en el mercado nacional, e incluso para los de exportación. Esta circunstancia concurría también en los aceites italianos; por ello, el aceite del Bajo Aragón era altamente demandado en el mercado extranjero.

Hoy en día mantiene intactas sus propiedades, y por ello es el aceite recomendado por nutricionistas reconocidos nacional e internacionalmente si se quiere disfrutar de una calidad incomparable con una textura exquisita.